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Open de Australia: pista dura y primer Grand Slam

El Open de Australia abre la temporada de grandes torneos en enero. Se juega sobre pista dura, en pleno verano austral, y esa combinación de superficie rápida y calor extremo define casi todo lo que ocurre en él. Es el primer título grande del año y el que llega con los jugadores menos rodados.

La superficie

La pista dura ofrece un bote alto y regular, más lento que la hierba y más rápido que la tierra. Permite tanto el juego agresivo desde el fondo como las subidas a la red, de modo que no favorece a un perfil concreto de jugador. Es la superficie más equilibrada de las tres.

El material tiene además un efecto físico notable. Al no ceder bajo el pie, castiga rodillas y tobillos más que la arcilla, y los partidos largos dejan más secuelas. Ese desgaste se acumula a lo largo de dos semanas y suele notarse en las rondas finales.

El calor y sus reglas

La organización aplica un protocolo de calor extremo que combina temperatura, humedad y radiación en un único índice. Según el valor alcanzado se conceden pausas adicionales, se amplía el descanso entre sets o se suspende el juego en las pistas exteriores.

Las pistas principales disponen de techo retráctil, así que los partidos programados en ellas continúan aunque el resto del torneo se detenga. Esa diferencia genera discusiones recurrentes: dos jugadores del mismo cuadro pueden competir en condiciones muy distintas según dónde les toque jugar.

Para el aficionado europeo el horario es el otro condicionante. La diferencia horaria sitúa los partidos de la sesión diurna en plena madrugada peninsular, y la sesión nocturna australiana cae a media mañana.

El cuadro y la puntuación

Como el resto de grandes torneos, reúne a ciento veintiocho jugadores en el cuadro individual, con treinta y dos cabezas de serie ordenados según la clasificación del circuito sin correcciones por superficie. Se juega al mejor de cinco sets en el cuadro masculino.

El quinto set se decide por desempate al llegar al seis iguales en un formato largo, distinto al que aplican otros torneos. Esa falta de uniformidad entre las cuatro grandes citas es una peculiaridad histórica que se ha ido reduciendo, aunque no desaparecido.

Su lugar en la temporada

Llegar en forma a enero es difícil. La pretemporada es corta, apenas unas semanas tras el cierre del curso anterior, y los torneos preparatorios se concentran en los primeros días del año. Muchos jugadores afrontan la primera ronda con poco ritmo de competición.

Eso convierte al torneo en el más impredecible de los cuatro en rondas iniciales, con eliminaciones tempranas de favoritos que rara vez se repiten en las otras citas del calendario. La segunda semana, en cambio, suele devolver el orden esperado.

Para el tenis español el torneo ha sido históricamente el más esquivo de los cuatro, en parte por la superficie y en parte por la fecha. La irrupción de una nueva generación ha cambiado esa tendencia, como refleja la trayectoria de los referentes actuales del circuito.

La preparación previa

Los torneos preparatorios se disputan en las dos semanas anteriores, en la misma región y sobre superficie idéntica. Sirven para ajustar el ritmo y para adaptarse al huso horario, algo que los jugadores europeos afrontan con más dificultad que los locales.

La adaptación al calor requiere días, no horas. Los equipos suelen adelantar la llegada para entrenar en las franjas más duras de la jornada, de modo que el cuerpo se acostumbre antes de que empiece a contar el resultado.

Esa planificación explica por qué algunos jugadores renuncian a los torneos de diciembre. Llegar descansado pesa bastante más que llegar con partidos recientes en las piernas cuando la primera cita grande del año está ya a pocas semanas de distancia.